David Bendayan
Lecturas de un “afrancesado”

         Decir que Tánger fue una ciudad multicultural y multilingüe es repetir un viejo tópico. Si el castellano era mi lengua materna, el francés rápidamente se convirtió, a través del lycée, en lengua de cultura, en idioma dominante. Constituía el signo de pertenencia a una sociedad prestigiosa, la puerta de entrada a una gloriosa civilización, la abertura a nuevos horizontes que me hacían soñar. Sin embargo, esta nueva identidad sociolingüística no se construía fácilmente pues, inexplicablemente, el abandono de mi lengua nativa, profundamente arraigada en mi infancia, en mis genes, era algo imposible.

*

         Mi abecedario fue el diario España. De muy pequeño, sentado sobre las rodillas de mi tío León, cerca de un gran balcón que daba sobre las buganvilias de la villa Hassan, descifraba las letras, las sílabas, las palabras de la rúbrica Cartelera cuya grafía se destacaba sobre un fondo negro. Así pues, el aprendizaje del español me abrió simultáneamente las puertas del séptimo arte favorecido, en aquellas fechas, por el pluralismo cinematográfico de la ciudad.
          Poco a poco, ojeando la prensa, se abría una ventana a un mundo desconocido. El escribir estas líneas despierta en mi memoria un recuerdo imborrable: la larga y cruel agonía de Eva Perón. Durante más de un mes, a la hora del desayuno, toda la familia se arrojaba sobre la primera página. La casa resonaba entonces de comentarios, de lamentos, de suspiros. Al mediodía, llegaba Estrella, nuestra querida vecina. Desde el umbral preguntaba con voz melodramática: “¿Y qué dice el periódico? ¡Pobrecita, tan joven! ¡Qué dolor! ¡Qué negro final!” Es así como el diario España sirvió de herramienta pedagógica a aquel párvulo: favoreció la lectura, amplió el vocabulario, y enriqueció el conocimiento del castellano.

*

          Es obvio que la lectura de la prensa no me procuraba gran placer. Se trataba, ante todo, de un ejercicio didáctico, algo aburrido. Lo que me atraía era el tebeo con sus personajes cómicos, sus ilustraciones a todo color y sus divertidas historietas. Todos estos ingredientes se encontraban reunidos en el inefable Pulgarcito, revista infantil que formó parte de la niñez española de aquella época.
          Como ya lo relaté, los jueves, día de visita a mi abuela materna, atravesaba rápidamente la Plaza del Progreso y me dirigía, cuesta abajo, hacia la calle Curro las Once donde estaba situada la librería o, mejor dicho, la tienda de Don Iglesias. De hecho, la fachada de la modesta casita servía ingeniosamente de mostrador a los libros. Sujetas con pinzas de madera, las publicaciones colgaban de cuerdecillas tendidas a través de los postigos. Entre Diez Minutos y Corín Tellado, atisbaba las viñetas multicolores de la portada de Pulgarcito.
          Ya, en casa de mi abuela, ajeno a las épicas discusiones de la vida cotidiana, abría con avidez las páginas del tebeo y me sumergía en el mundo cómico de los personajes que acompañaron mi infancia: Doña Uracca, especie de bruja con su inseparable paraguas, Gordito Relleno, cándido y barrigón, las travesías de los gemelos Zipi y Zape, y otros más cuyos nombres olvidé. Contrastando con las hojas en color resaltaban unas viñetas en blanco y negro que narraban las aventuras del inspector londinense Dan. Aquí, ningún humor, sólo terror: historias de momias, de vampiros, de sabios locos que no tendrían nada que envidiar a los thrillers actuales. Estos episodios tendrían que marcarme profundamente, manteniéndome en vilo durante semanas, e iniciándome a otro género de lecturas: la novela policiaca.

*

          Por la calle Libertad, cerca de los almacenes Assayag, en la entrada de un edificio de losas brillantes, se encontraba una suerte de quiosco ambulante (ulteriormente se trasladaría a la calle Italia, esquina Josafat), montado sobre ruedas, que ofrecía una vasta selección de libros en español. El comercio era algo inhabitual pues, además de la venta, recurría también al préstamo. El cliente abonaba una fracción del precio de la publicación y se comprometía verbalmente en devolverla antes de cierta fecha. La base de este acuerdo era evidentemente la buena fe, hoy en día bien escaso.
          En el umbral de la adolescencia, los tebeos dejaron de atraerme: una lectura más estimulante, más exigente se imponía. Como andaba siempre en caza de libros, descubrí, en aquella librería ambulante, la legendaria Biblioteca Oro, sinónimo de crímenes insolubles, de investigaciones complejas, de detectives perspicaces. Esta colección, con su inconfundible portada amarilla, me permitió acceder a los mejores autores de la literatura policiaca: Agatha Christie, Van Dine, … Lo que más me atraía era el misterio de la “habitación herméticamente cerrada” donde se había cometido un crimen y su solución tan insólita. Un escritor en particular, hoy en día bien olvidado, perdura en mi memoria: J. Lartisinim (anagrama de un apellido catalán). El protagonista, un psiquiatra holandés, resolvía los enigmas a través de interpretaciones psicoanalíticas (sueños, actos fallidos, traumas, …). Devoraba estos relatos con pasión, pues me transportaban en un mundo fascinante: él de la mitología freudiana.
          Debo confesar que, incluso a estas alturas, un nuevo “caso” de Hércules Poirot sigue cautivándome por constituir un desafío a la inteligencia y a la imaginación.

*
 

          En una estantería de mi biblioteca se encuentran los libros rescatados milagrosamente del destierro. Se trata, por lo esencial, de novelas policiacas en formato de bolsillo. A veces, cuando la nostalgia agobia, me acerco, acaricio los lomos marchitos y abro cuidadosamente el tomo. Surgen entonces los grandes titulares del diario España, aparecen Carpantraz y su boca enorme y hambrienta, así como la solterona y perspicaz Miss Marple. Emergen del pasado los adoquines de la Plaza del Progreso y el eco bullicioso de la calle Libertad. Poco a poco, la añoranza se aleja. Sonrió. Sonrió al adolescente embrujado por la lectura de todos esos libros en castellano, lengua que tanto me dió en ese Tánger que fue cierta e irreversiblemente un momento de gracia.