David Bendayan
El Tánger de mi madre

Un viento frío gime en el crepúsculo, levantando las hojas muertas. Sobre la rutilante cocina en acero inoxidable, la cafetera silba. En una bandejita ovalada, los marronchinos exhalan un aroma de especias. Instalada en el sillon de terciopelo granate, mamá proyecta en la pantalla de los recuerdos imágenes de un Tánger desconocido. La voz es joven, clara. Se expresa con prolijidad, siempre en busca del mot juste. El ritmo de la frase es fluido. Poco a poco, el pasado surge.

*

- La guerra civil fue une pesadilla. Todo el Progreso vivía a la defensiva. La atmósfera era irrespirable, cargada de odio, de amenazas, de sospechas. Cada partido tenía su cuartel: los rojos, el café Fuentes y los franquistas, el café Central. Mi madre me repetía incansablemente: "Esther, mi reina, no pases por esos cafés: es peligro mortal". Los insultos, las provocaciones se intercambiaban entre los dos lados con un fanatismo increíble. Hasta se escuchaban tiroteos. Pero yo, inconsciente, seguía bajando los Siaghin, vestida con mi trajecito de percal, y circulaba, indiferente, por el Zoco Chico. - Era tan joven, diez y siete años, añadía con nostálgica coquetería. No faltaba quien se acercara, por la Plazoleta, a preguntarme, irónicamente "żY tú, mi vida, de qué bando eres?" Sí, mi rey, fueron años muy duros.
Sin embargo, el tono sereno, la voz risueña, la ridiculez geográfica del "campo de batalla", terminaban por desdramatiza la gravedad de la situación. El conflicto se transfiguraba en algo cómico, semejante a un vaudeville.

*

La escarcha que recubre los árboles esqueléticos centalla bajo el pálido sol. La cafetera sigue silbando sobre la brillante cocina en acero. Unas rosquitas fritas almibaradas recubren la bandeja de porcelana. Nuestro tête-à-tête prosigue.
- El Zoco Chico era el teatro de un desfile continuo de uniformes, de banderas, de botas, de fusiles. Unos se pavoneaban, el puño cerrado y en alto; otros, el brazo tendido, gritaban con arrogancia: "ˇArriba España!". La radio emitía sin interrupción discursos, sermones, himnos que me rompían las sienes. Cuando caía la tarde, el miedo se propagaba por el barrio, miedo de las miradas, de las palizas, de las denuncias. Mi suegra me contaba que una noche, en la casa del Marshán, a la hora de cenar, unos fuertes golpes resuenan en la puerta. Abre, aterrorizada. Un individuo pregunta, nervioso: "żEstá su hijo?... Dígale entonces que no duerma en casa. Piensan llevárselo al Hacho." Unos días después, tu tío se refugiaba en México. żLa razón de la huida? Escribir artículos violentos contra Franco en El Porvenir, diario republicano. Sí, mi rey, esos tres años fueron difíciles.
Aturdido, bajaba las escaleras del inmueble. Me imaginaba, con horror, a mi tío detenido, llevado a Ceuta, presentado a un consejo de guerra y ejecutado en la fortaleza del monte Hacho.

*

Aunque el sol declina, el calor húmedo y pegadizo penetra por soplos en el comedor. Todavía silba la cafetera sobre la cocina reluciente en acero inoxidable. Mi madre coloca simétricamente los mantecados empolvados de canela en la bandeja ovalada rescatada del exilio.
- A pesar del temor y de la angustia, la ciudad conservaba su encanto, sa joie de vivre. El sol y el mar disipaban mis inquietudes. El Progreso, donde el andaluz y el haketía se entremezclaban, era durante el día una explosión de risas, de gritos, de coplas, de piropos. Todo al alcanzo de la mano: la confitería, el bakhal, la churrería, el kawadji, la librería... ˇAh, los libros! Mi delirio. Una vez por semana, venían a casa a entregarme, tras abono, un folletín, un episodio de une novela interminable, verdadera cascada de peripecias y de misterios que me tenía en vilo. Cuando por fin se acababa, no sabía uno como deshacerse de esa montaña de papel.
Pero el recuerdo más intenso son los Bailes del Teatro Cervantes. Semanas antes, empezaba entusiasmada los preparativos: Ir al Grand Paris para escoger la tela żmousseline o taffetas?, al Chat Botté para los escarpines, a los Almacenes Alcalá para los zarcillos. Comenzaba entonces el trajín de los visitas al taller de la modista. ˇPobre Fortuna, se tiraba de los pelos ante mis exigencias!... La noche era tibia. Al doblar la calle Esperanza Orellana se escuchaba una música lejana, un rumor de voces. Frente a la fachada iluminada, una muchedumbre densa trataba de abrirse paso a través de las dos rejas cargadas de adornos. Una escalera de mármol conducía a la sala de baile. En el umbral me detenía deslumbrada por el estallido de luces, de música, de perfumes. Las parejas deslizaban sobre la platea, ya que, misteriosamente, las butacas habían desaparecido. Alrededor, en los palcos, unas señoras elegantes agitaban frenéticamente sus abanicos mientas que observaban con snobismo a los bailarines. Embriagada por la orquestra, giraba, giraba en une nube de felicidad. Sentía, no obstante, la mirada severa de mi hermano quien desde el bar se aseguraba que nadie se pegaba. La soirée avanzaba, el calor era sofocante. Seguía bailando casi sin aliento. Todo daba vueltas: las columnas, las flores, los músicos. A un momento dado, mi hermano me hacía señas... Al exterior, la música inundaba la calle, aún desierta. La brisa del mar, tan cercano, flotaba en la noche. Subiendo las escaleras de la Legación americana, una canción me resonaba en la mente: "Amapola, lindísima amapola..."

*

Transcurrían los años. Salía del apartamento envuelto de luces y sombras. Me repetía silenciosamente: "ˇDíos mío, que no acabe nunca!" Mas, todo se acabó una noche del pasado año. La voz alegre se cayó para siempre, la cafetera dejó de silbar, el acero inoxidable de la cocina se ennegreció y la bandejita yace en el fondo de un baúl.
   Aun así, ciertas noches, medio dormido, siento une presencia inmaterial que desplaza suavemente el aire y una voz juvenil me susurra: "Erase una vez, mi rey, una ciudad maravillosa llamada Tánger..."


Montréal, 2012